El día en que la diva del fado, Amália Rodrigues, cumpliría 100 años, Valentim de Carvalho celebra la ocasión con una edición especial que proporciona, por primera vez, documentos esenciales del patrimonio de la cantante: “Amália em Paris”.

La caja “Amália em Paris” está compuesta por cinco discos en vivo y un libro de 94 páginas con fotografías inéditas, una cronología de las actuaciones de Amália en la capital francesa y un texto del historiador Jorge Muchagato.

El primer disco se grabó en el Olympia en 1956, el segundo reúne grabaciones inéditas en directo realizadas por la radio francesa entre 1957 y 1965, el tercero un recital inédito en el Olympia en 1967 y, por último, un disco doble, con la grabación inédita de un espectáculo en esa sala en 1975.

La edición física de “Amália em Paris” ha llegado hoy a las tiendas portuguesas, de momento, y a todas las plataformas digitales.

<<París y su público siempre han logrado desconcertar aún más a los grandes artistas. Fue así con Chopin y Bellini en los años treinta del siglo XIX, fue así con Amália y María Callas en los años cincuenta del siglo XX. Todavía sería así con los propios Beatles, en 1964 – ¿quién no conoce las legendarias fotografías de los Fab Four de ese año en la ciudad? Fue París el que convirtió a Amália en una estrella internacional.

Aunque ya era un verdadero mito en Portugal, por sus constantes visitas a Brasil desde 1944, por sus aclamadas apariciones en los conciertos del Plan Marshall en 1950 o por la larga serie de espectáculos en Nueva York y México en 1952, 1953 y 1954, fue el triunfo parisino en 1956 lo que hizo que el mundo de entonces reconociera a Amália como una de las más grandes cantantes del siglo.

No era la primera vez que Amália se ponía en contacto con la élite del público internacional. Entre 1939 y 1945, en los primeros años de su carrera, en los retiros y casas de fado de Lisboa, una parte del público estaba formada por millonarios europeos, artistas e intelectuales que huían de la guerra. Esta circunstancia histórica única, junto con sus irrepetibles cualidades artísticas, también contribuyó a esculpir la forma de estar en el escenario de Amália, convirtiéndola, incluso antes de que otros la reconocieran, en una artista exquisita con una proyección internacional.

Pero volvamos a París, en abril de 1956, cuando Amalia actuó en el Olimpia ante este culto y sofisticado público de la entonces Europa, acostumbrado a la superlativa artística en el escenario, ya sea un recital de Piaf o Brel, un concierto de Sinatra, o incluso una ópera con Callas, puesta en escena por Visconti, aunque tuviera que coger un avión para hacerlo. En esas noches, Amália se presentó a un mundo renacido de las cenizas de 1945, con toda la esperanza que permitía la prosperidad de la posguerra, pero con el refinado sabor, la “alegría de vivir” y la inocencia de una Belle Époque perdida. En la década de 1950, que, puede decirse, fue un pequeño siglo XVIII en el milenio que fue el siglo XX.

Fue esta audiencia la que el arte y el coraje de Amalia tocó tan profundamente. Y digo valentía porque Amália se mostró a ese público, tan riguroso y exigente, con un arte arriesgado y auténtico, sin orquestaciones ni coreografías, sin muletas. Sólo una guitarra y una viola. Sólo la voz y el negro. Negro en el vestido, en el pelo, en el look.

Siempre estático – el micrófono todavía lo permitía – cantaba con los ojos cerrados, castigando con las manos el chal, que tan a menudo se convertía en una estola. Y, a pesar de los tonos muy altos, mantuvo los armónicos y el grano de una voz profunda y susurrante.

Estos sonidos eran nuevos para este público. Las del fado y la guitarra portuguesa, pero sobre todo el timbre de esa voz que llevaba todas las sensaciones humanas.

El éxito fue rotundo. Al final de la primera serie de actuaciones fue inmediatamente invitada al siguiente espectáculo, una hazaña sin precedentes en Olympia. Ocho meses después, en enero, regresa como la “estrella principal”. Los críticos hablan de la tragedia mediterránea hecha mujer, hablan de la extrañeza de la voz y su inexplicable belleza.

Es 1956, casi no hay portugueses en Francia. Muy pocos en la sala entienden las palabras que ella canta. La magia es puramente musical y personal.

Amália volverá muchas noches al Olympia hasta el final de su carrera, al mismo tiempo que conquistará otros lugares de la capital francesa, pero nunca se le subirá a la cabeza este nivel de vedetismo. A partir de los años sesenta, cantará a menudo, incluso con gracia, para los emigrantes portugueses que no podían asistir a las salas donde actuaba.

Tal vez por eso es tan conmovedor escuchar a estos mismos emigrantes mezclados con la audiencia de Olympia en 1975. Finalmente pudieron asistir a un recital de Amália en el mismo teatro donde, casi veinte años antes, su más ilustre compatriota había subyugado a los parisinos.

Jorge Luis Borges, en una de sus conferencias sobre el Tango, citando a Vicente Rossi, dijo que “el tango elige la Ciudad de la Luz, como si el tango fuera un ser, tan platónico, mágico, que vive por sí mismo, que se instala en París, y que allí se convierte como en una venganza de los negros esclavizados durante siglos, esclavizando a los blancos con su danza y su música”. En cierto modo, el Fado también, y especialmente Amália, lo había logrado en la capital francesa.

Si fue en París donde Charles Aznavour le escribió “Aïe Mourir pour Toi”, o donde Salvatore Adamo se rindió a su interpretación de “Inch’Allah”, también fue en París donde Francia le confirió algunas de sus distinciones más importantes. De la medalla de la ciudad en 1959 a la Legión de Honor en 1991.

Seis años más tarde, en 1997, un canal de televisión francés le dedicó un documental que se titulaba “Un soleil dans la nuit du siècle”. Estos registros revelan ahora algunos de los reflejos de ese sol que brillaba en la Ciudad de la Luz, a través de muchas grabaciones inéditas, que son los ecos supervivientes de esa brillante, lujosa y enamorada historia de Amália con París.>>

Texto de Frederico Santiago

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