El pasado 25 de julio, Carminho abrió el ciclo Revolution’65 en el Teatro Real de Madrid, donde presentó su último trabajo, Eu Vou Morrer de Amor ou Resistir. Muy pocas butacas quedaron vacías; solo el calor y las vacaciones de verano impidieron colgar el cartel de entradas agotadas.
Ver a Carminho en directo es un privilegio y, cuando has tenido la suerte de verla varias veces a lo largo de su carrera, sus conciertos se convierten en una adicción.
La artista apareció en el escenario con un vestido blanco largo y fluido, con un aire de diosa griega que contrastaba con el de los músicos que la acompañaban: João Pimenta Gomes (mellotron, ondas Martenot, Cristal Baschet), André Dias (guitarra portuguesa), Pedro Geraldes (guitarra eléctrica), Tiago Maia (bajo acústico) y Flávio César Cardoso (viola de fado), todos vestidos de negro.
El escenario era una caja blanca de tres paredes iluminadas desde el suelo. De la del fondo colgaba una sábana igual de blanca, arrugada e inclinada, que solo se distinguía por sus pliegues. Suspendido en lo alto, un espejo circular que subió y bajó durante el espectáculo, en un ir y venir de luces y sombras. Todo en la línea del diseño de arte del disco: tonos blancos, negros y grises.

Repertorio del concierto de Carminho en el Teatro Real
La mayor parte del concierto tuvo como repertorio los temas de Eu Vou Morrer de Amor ou Resistir, y comenzó con la fadista sentada interpretando «Balada do país que dói», tema que abre el disco.

Carminho no ofreció un concierto de fado clásico y estructurado; el purismo es algo que no cuadra con ella, ya que es capaz de experimentar con elementos ajenos a la tradición sin perder la esencia de fadista al cantar. A lo largo del espectáculo mezcló instrumentos tradicionales con diferentes aparatos electrónicos para crear la atmósfera que quería evocar con su último trabajo, como cuando cantaba “Saber” e iba soltando las voces grabadas por la norteamericana Laurie Anderson, en una danza de cantos y respuestas, creando capas diferentes de voces y sonidos mientras cantaba simultáneamente con un micrófono en cada mano.
Cuando sube al escenario, Carminho no es solo una fadista, también se convierte en una locuaz narradora de historias: de su infancia, del proceso de creación de cada tema o de las que hay detrás de cada letra, y es una delicia escuchar su español, tan imperfecto pero tan bonito, dando vida a cada relato.

Nos contó, por ejemplo, que el tema que da nombre al álbum, Eu Vou Morrer de Amor ou Resistir, parte de un poema que encontró en una caja que le dejó la fadista Beatriz da Conceição. El texto tiene que ver con la idea de que es posible resistir, de que hay algo más allá de los dramas fatales romantizados por el fado.
Momentos destacados del concierto
Durante el concierto de Carminho en el Teatro Real hubo tiempo también para palmas, con temas más animados como la “Marcha de Alcântara de 1969”, para momentos solemnes como cuando interpretó el famoso tema “O quarto”, de su anterior disco, Portuguesa (2023), con el que participó en la película Pobres criaturas, de Yorgos Lanthimos y también momentos divertidos como cuando introdujo el fado “Pedra solta”. La letra de este tema le sirvió para hablar sobre el machismo imperante en las letras del fado tradicional. Esa fue la razón por la que en el poema de esta canción, cambió el género del protagonista, de mujer a hombre y nos explicó que:
“El fado es como aquella tía abuela a la que quiero mucho pero que a veces dice cada cosa…”
Otros momentos destacados de la noche fueron la respuesta del público entusiasmado a los primeros versos de “Memória”, el tema que compuso para Lux, el último disco de Rosalía, y que canta con la española; y cuando las luces blancas de los focos se tiñeron de un rojo cálido —el único momento de toda la noche— para el tema escrito para su hijo: “À sombra do teu cabelo”.
Casi al final no faltaron los clásicos, como “Estrela”, de su álbum Maria (2018) en el que tocó la guitarra eléctrica, “Meu amor marinheiro” y el maravilloso fado tradicional “As penas”, que interpretó sin micrófono, acompañada por la guitarra de André Dias, como si el Teatro Real se convirtiera por unos minutos en una auténtica casa de fado lisboeta.
Después del primer bis llegó uno de los mejores minutos de la noche: cuando nos regaló su versión del chotis “Madrid”, de Agustín Lara, con una adaptación de la letra que decía: «Madrid, Madrid, Madrid, en Portugal se piensa mucho en ti», un gesto que el público recibió con aplausos y silbidos de entusiasmo y agradecimiento.
Vídeo cedido por un espectador del concierto.
Algunos espectadores pidieron desde la platea temas muy conocidos como “Saia Rodada”, pero cualquiera que siga de cerca la carrera de Carminho podrá apreciar que es un alma libre que se permite cantar lo que quiere y que, tal vez por eso, ahora no cuadran con ella esos temas más pop de sus inicios. Porque, cante lo que cante, Carminho siempre lo hace bajo el prisma del fado, porque lo aprendió desde que estaba en la barriga de su madre, porque es su lenguaje natural y, lejos de suponerle una cárcel, se convierte en la raíz que la hace crecer y le da alas para acariciar con él todo lo que canta.

Su voz estuvo más contenida que en otras ocasiones. No hubo ningún momento buscado para su lucimiento, ningún tema pensado para el aplauso fácil. Como si a estas alturas ya no tuviera nada que demostrar.
Tras dos horas de concierto, bises incluidos, Carminho y sus músicos se despidieron de los madrileños entre minutos interminables de aplausos, con el público en pie y todavía queriendo más.
Madrid quiere a Carminho y, cada vez que nos regala su visita, le correspondemos con mucho calor, cariño y admiración.
El concierto de Carminho en el Teatro Real fue una noche para guardar en la memoria.




